‘Ojos grises’ de Llor, Vidal y Batlle

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Hola, amigas y amigos de la Posada de Términa. Tras un largo parón, aquí me tenéis otra vez, para reseñar una nueva obra, tratando de sortear una vez más los procelosos caminos del comic pijamero (y mira que es mi género favorito, pero se trata de que conozcáis cosas un poco variadas).

 

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Y esta vez, os traigo un comic español, para que no parezca que tengo obsesión con el comic americano. Además, espero que sirva como punta de lanza, y es que cada vez hay más y mejores autores y obras, procedentes de nuestro país. En muchas ocasiones se demuestra que no tienen nada que envidiar a lo que se realiza en Europa, Japón o América, y es que con el paso de los años, se nota que los autores han mamado de muchos de nuestros mismos referentes culturales y/o frikeriles, pero saben dar su punto de vista, su tono artístico, ofreciéndonos comics de variada temática, a cuál más entretenido.

Así, os presento “Ojos grises”, publicado por la editorial Panini dentro de su sello eVolution, criatura parida a seis manos por Fernando Llor al guión, Roger Vidal como dibujante, y Àlex Batlle en lo que se refiere al color. El cómic se presenta en un formato de álbum europeo en cartoné.

La obra nos hace viajar al pasado reciente, más en concreto al verano del año 1990, en el barrio barcelonés de Poblenou. Esto es, un par de años antes de que diesen comienzo los Juegos Olímpicos, en plena época en la que dicha zona se estaba viendo transformada para acoger nada más y nada menos que la villa olímpica. Pero este hecho no es lo fundamental de la obra, si bien se menciona en algún momento. El núcleo fundamental de la historia es la aventura en la que se ve inmerso el grupo formado por 4 chavales de alrededor de 14 años, y la que parece la primerísima novia de uno de ellos. Uno de mis personajes favoritos, por cierto, por el desparpajo con el que se desenvuelve, y por cómo “pone las pilas” a su noviete.

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Para los más jóvenes que leáis este artículo, en los años 80, 90, y me atrevería a decir que también en los primeros años de la primera década del siglo XXI, era muy habitual que los críos jugásemos en la calle. Al margen de que los juegos obviamente han cambiado sobremanera, fundamentalmente gracias a los avances tecnológicos, no era raro ver a los chavales jugando en la calle hasta que sus madres les pegasen un grito y les dijesen que subiesen a cenar. La vida era mucho más sencilla, parece, y desde luego no había tantos miedos a que nos pudiese pasar algo.

Quizás por ese motivo, el hecho que acontece a los chavales en uno de esos días en pleno verano, les pilla más por sorpresa. Al fin y al cabo, no todos los días presencias cómo un policía comete un “acto atroz” (cito textualmente del texto de la contraportada para no desvelaros nada). Y no olvidemos que quienes lo ven son simplemente unos críos.
A partir de ahí, Lucho, que así se llama el personaje principal, y sus amigos, se debatirán entre avisar a la policía sin tener prueba alguna, con el consiguiente riesgo de descubrirse ante el hombre al que tratan de desenmascarar… o recurrir a planes más “elaborados” para que éste se entregue, poniéndose en peligro al no ser conscientes de los apuros que pueden llegar a correr.

Ambientes poco recomendable para los chicos, el mundo de las drogas a pie de calle, la transformación a la que se ve sometida una parte de Barcelona con el fin de acoger las olimpiadas, pero a costa de acabar con empleos de la gente así como de verse obligados a dejar sus casas… diferentes elementos que servirán para enmarcar las aventuras de estos chavales de Poblenou.

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Si analizamos la obra, el guión es bastante sencillo, sin giros sorprendentes que nos hagan quedarnos de piedra, más allá de la aventura que se narra. Es un comic cortito, de unas 52 páginas sin contar el epílogo. Pero la historia resulta entrañable para los que pasamos nuestra infancia entre los años 80 y 90. Además, el dibujo resulta francamente agradable, con unos personajes reconocibles, en un estilo que no descuida por ejemplo las expresiones faciales, algo que algunos dibujantes americanos olvidan constantemente, pero que en una historia como ésta resulta fundamental para entender los sentimientos y sensaciones de los personajes.

No me gustaría acabar sin hacer especial mención del epílogo escrito por Andreu Mitjans, dibujante, bloguero y miembro del Arxiu Històric de Poblenou. Os recomiendo que leáis el texto al acabar el cómic, ya que os ayudará a entender la época y el entorno en los que se desarrolla la historia, y probablemente os incite a leer de nuevo la obra, dándole un significado más claro a lo que en ella se cuenta.

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