Relato: ‘Hasta que salga el sol’ por Jon Bobis

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Llegaron durante las últimas horas de la noche, como no podía ser de otro modo… Sabino asomó por una de las ventanas del segundo piso para ver hororrorizado como atrapaban al portero y al encargado del jardín. No se percataron de su presencia mientras observaba desde la penumbra. Era lógico, pues esas bestias estaban disfrutando del linchamiento del inocente servicio de la villa, no sin antes descuartizarlos a palos primero. Para cuando tiraron de las sogas, de aquellos pobres desgraciados solo se podía identificar una masa sanguinolienta.

No había duda, la finca estaba rodeada, pero poco podía hacer ya excepto huir, y sacar a sus hijos de la casa. Ellos sí que no tenían culpa de nada, y no estaba dispuesto a dejar que esos monstruos les pusieran un dedo encima.

Corrió por el pasillo a oscuras mientras los gritos de furia de la masa encolerizada, se mezclaban con los de terror de los sirvientes que vivían en las casetas exteriores. Encontró a los niños en sus habitaciones. Lucas dormía en su cama, ajeno a cuanto estaba ocurriendo a su alrededor. «Como suele ocurrir con los niños de su edad» Pensó Sabino, sonriendo levemente. Lucas siempre fue un niño asustadizo, y nunca nada hizo cambiar eso. Sin tiempo para explicaciones, le sacó de la cama y lo llevó en brazos hasta la habitación de su hermana Claudia, a quien encontró despierta, mirando por la ventana. Estaba muy serena, pese al grotesco espectáculo que se  sucedía en el jardín. Habían sacado a rastras, cogidas por el pelo, a dos sirvientas. Se defendieron, pero eran demasiados, y pese a sus esfuerzos, cayeron enseguida atravesadas por varias picas.

—Padre, ¿Qué está ocurriendo?

—Claudia, no hay tiempo. Tenemos que irnos.

Agarrando a su hija por la muñeca salió al pasillo, donde se encontró con su hermano Jairo, nervioso, armado, y a medio vestir. Le alcanzó un alfanje a Sabino, quien con un gesto señaló a los niños. No estaba preocupado por defender la casa de los monstruos de afuera. Tenía que sacar a los pequeños de allí, y para ello tenían que llegar a las cocinas, donde estaba el túnel que se construyó para huir de situaciones como aquella. Si lo lograban, ganarían un par de jornadas de ventaja a sus perseguidores. Jairo comprendió el objetivo de su hermano mayor.

—Te ayudaré a llegar al túnel, pero luego volveré para proteger la casa.

Sabino asintió con la cabeza. Por experiencia sabía que discutir con Jairo no serviría de nada, de modo que empezaron a bajar las escaleras de la segunda planta hasta llegar a la balaustrada que rodeaba el salón de la entrada. En el portón principal, dos huéspedes más de la casa aguantaban los golpes que daban las bestias intentando entrar. Sabían que para llegar a las cocinas, tendrían que bajar allí.

Aún estaban en la escalera principal, cuando una antorcha atravesó la ventana. El susto sobresaltó a Lucas, que empezó a llorar, haciendo que los dos que sujetaban la puerta se despistasen un segundo… Pero no hizo falta más. El portón crujió, empujando a un lado a los defensores, y por la puerta entraron varias figuras encapuchadas, o con el rostro tapado, que se abalanzaron sin dudar sobre los aturdidos huéspedes. Jairo abatió a uno de un disparo con su pistola de chispa, y sacó el alfanje de su vaina, encarando a los intrusos.

—¡Hermano… corre!

Sabino evaluó la situación en medio segundo. Vio el fuego en la mirada de su hermano menor, dispuesto a dejarse la piel protegiendo a su familia. Vio las miradas de los atacantes, también dispuestos a vender sus vidas a un precio muy caro. Vio a sus hijos, demasiado asustados como para moverse del sitio sin ayuda de su padre… Y al oírse el primer alarido agonizante de uno de los invasores atravesado por la espada de Jairo, saltó de su estupor como un resorte, tirando del brazo de Claudia. Corrió por el pasillo lateral de la casa, mientras el ruido de aceros chocar, y el olor a sangre y carne quemada, llenaban el espacio hueco que la luz no lograba alcanzar. Con el hombro atravesó la puerta de la cocina. Sin perder ni un segundo, echó a un lado la enorme perola que había en un rincón de la estancia, para revelar una placa circular metálica de un metro de ancho como mucho. Bajo la placa, un angosto túnel les llevaría a un par de kilómetros de aquél lugar, donde podrían descansar durante el día siguiente antes de huir del condado.

El paso resultó ser más lento de lo que esperaba. Claudia iba delante, pero incluso siendo más menuda que su padre, le costaba avanzar entre la estrecha obertura que ofrecía el túnel. Además, parecía que en ciertos puntos del pasadizo, al tener que retorcerse para poder pasar, el techo desprendía tierra húmeda, lo que significaba que aquél no era un lugar demasiado seguro. Tal vez fueran los únicos que lograran salir de la finca por aquella salida, si es que esta, no se venía abajo antes, enterrándoles en el proceso. Apenas habrían avanzado diez minutos cuando a Claudia se enredó el pelo en una raíz que sobresalía de la pared. Sabino intentaba deshacer el enredo cuando, de frente, el brazo sucio y andrajoso de un encapuchado surgió de la oscuridad.

—¡Tengo a uno de los pequeños!— Gritó una voz ronca de donde provenía la callosa mano que agarró a la joven atrapada, quien le propinó un mordisco con todas sus fuerzas.—¡AAAAAGH! Me ha mordido… ¡Esa pequeña hija de puta me ha mordido!

Lucas chilló de nuevo, llorando. Sabino tiró con fuerza del pelo de su hija, la cual gimió de dolor, antes de morder con todas sus fuerzas el brazo de su atacante una segunda vez. El encapuchado intentó pasar esta vez blandiendo un cuchillo, pero lo complicado del terreno le hizo tropezar a él, y a los otros atacantes que venían detrás. Mientras la familia retrocedía de nuevo hacia la cocina, Sabino pudo ver como el encapuchado herido se agarraba de la raíz para ponerse en pié… raíz, que no aguantó el peso de la tierra húmeda de donde sobresalía, derrumbando el túnel, y enterrando vivos a sus perseguidores. Llegar de nuevo a la casa les llevó poco tiempo. Al levantar de nuevo la placa metálica, alguien cogió del brazo a Sabino. Era Jairo. Estaba herido, y empapado en sangre de la cabeza a los pies, aunque bastó un rápido vistazo para ver que prácticamente toda era de sus rivales.

Una vez todos estaban fuera del túnel, nadie sabía qué hacer. Pese a todo, fueron avanzando con cuidado de vuelta al salón principal. La puerta estaba abierta, rota del cierre, pero la estancia estaba vacía. Jairo se acercó al umbral de la puerta por donde ya asomaban las primeras luces de la madrugada, e hizo señas a su hermano mayor de que habían enemigos fuera. Sabino maldijo en voz baja antes de dirigirse a su familia.

—Chicos, las cosas están así. No podemos huir, y no pienso poneros en peligro enfrentándome a esos monstruos, de modo que vamos a ir todos juntos arriba, a las habitaciones, y nos vamos a esconder hasta que se marchen. ¿Queda claro?

Los tres asintieron con la cabeza, y juntos, se pusieron en marcha hacia las habitaciones de la segunda planta. Desgraciadamente, un enmascarado les vio desde la balaustrada que rodeaba el salón principal. A un grito suyo, sus compañeros que estaban fuera entraron, pica en mano rugiendo como bestias desalmadas. La familia corrió por el pasillo de la primera planta, refugiándose en el salón de baile de la mansión. Jairo bloqueó la puerta con un pesado mueble, y comenzó a coger todo lo que podía acarrear para hacer peso. Una mesa, sillas, un clavicémbalo, otra estantería…

Sin embargo, Sabino miró a su alrededor. La sala enorme llena de espejos y ventanales enormes no les ofrecía ninguna esperanza. No había escapatoria de aquél lugar. Estaban oficialmente atrapados. Mirándose ambos hermanos se dieron cuenta de que aquello era el fin. A menos que…

—¿Qué hora será?— Preguntó.

—Debe estar a punto de despuntar el sol… El sol…— Jairo comprendió las intenciones de su hermano. Sonrió.— No se lo pondremos en bandeja a esos desgraciados, ¿verdad?

Sabino negó con la cabeza. Claudia miró a su padre, también comprendió enseguida lo que se traía entre manos. Asintió con la cabeza y sonrió. Jairo corrió a arrancar las pesadas cortinas que, llenas de polvo al no haber sido usadas nunca, cubrían de tinieblas la sala. Un golpe sacudió la puerta, y los objetos que la cubrían. Lucas se sobresaltó. Claudia fue a consolar a su hermano, pero viendo que este estaba entrando en pánico, llamó a su padre.

—Ve.— Dijo Jairo.— Yo me ocupo. Tus hijos te necesitan más que yo.

Sabino se arrodilló junto a sus hijos.

—Lucas, tienes que ser fuerte ahora. Hemos tenido una vida larguísima. Mucho más larga que la que haya tenido ninguna familia jamás. Eso no debería hacerte sentir así, ¿no crees?— Claudia sonrió a su hermano, cogiéndole una mano. Lucas dejó de llorar.— Ese es mi chico. Sécate las lágrimas, ¿quieres?… Eso es… Perdonadme…los dos. Mi falta de cuidado nos ha puesto en esta situación contra esas bestias. Yo estaba a cargo de esta Casa y de todo cuanto ocurriera en ella, y os he fallado… Lo siento muchísimo… Yo…—Le rodaron las lágrimas por las mejillas. Otro golpe sacudió la habitación. Jairo fue hasta la puerta a resistir todo lo que pudiera, hasta que saliera el sol. El joven padre se secó los ojos con la manga.— Pero os puedo prometer una cosa. Os prometo que esos monstruos no os pondrán nunca una mano encima, ¿Me oís? Nunca dejaré que os hagan daño… Os quiero.

La puerta crujió, abriéndose un centímetro. Por los ventanales ya se filtraba la luz cada vez más clara, del amanecer. Sabino abrazó a sus hijos. La puerta se abrió del todo, al tiempo que los primeros rayos de sol entraron por los enormes ventanales.

Claudia estaba tranquila.

Jairo ya no aguantaba la puerta.

Lucas ya no lloraba. En vez de eso, mostraba a su padre una pequeña sonrisa, en la que se dejaban ver dos diminutos, pero afilados colmillos.

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